Nunca se fue


De repente la he encontrado. He levantado la mirada y, sin querer, la he visto. Estaba ahí; no se había movido de donde la dejé.


Todavía quedaba algo de su fuerza encerrada en aquella jaula de seda y sonrisas, aquella cicatriz de cuando se quemó repartiendo rayos de sol entre lágrimas de lluvia.

 
Ya me había olvidado de sus alas de tinta, de su furia aventurera, de su empeño por lograr que todo salga bien.

 

Le cubría el polvo de las tardes de olvido, demasiado tiempo durmiendo entre las sombras de los sueños por cumplir.

 
Volví a verla aferrada a su espada, a sus ganas de luchar y de conseguirlo todo, a su ánimo de defender las ilusiones sin nombre, los sueños absurdos siempre amenazados por el cruel realismo.


Era increíble, no se había ido. La miré una vez más… encantada de verla de nuevo, de darle otra oportunidad.


 
Feliz de tenerla cara a cara, le sonreí y ella, cómplice, me respondió. Pude dar tranquila la espalda al espejo.

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